Argumentos
Gianni Schicchi

Buoso Donati, rico florentino, modelo de virtudes, ha fallecido. Los parientes lloran su muerte, pero entre ellos empieza a susurrarse que ha legado todos sus bienes a las congregaciones religiosas. Tales rumores producen alarma en los deudos: es necesario leer el testamento y cerciorarse de la verdad. Después de mucho buscar, encuentran un documento que causa consternación. En efecto, Buoso ha desheredado a su parentela, beneficiando, en cambio, a los conventos.
Estalla la indignación de todos, mientras tratan de hallar cualquier recurso que resuelva la situación. Simone, el más viejo, es interrogado con angustia, pero permanece atónito. Por su parte, el joven Rinuccio dice que la única solución es recurrir al consejo de Gianni Schicchi. La propuesta es unánimemente rechazada. Previendo esa reacción, Rinuccio, enamorado de la hija de aquel embaucador, con la oposición y el escándalo de toda su familia, ha hecho avisar a Schicchi, y anuncia su iniciativa, sufriendo duras recriminaciones.
El joven, exaltándose, canta un himno al amor y a Florencia. En ese momento llega Gianni Schicchi con Lauretta, siendo muy mal recibido por la familia Donati. Schicchi, por su parte, no consentirá de ningún modo, el casamiento de su hija con un pariente de Buoso. Seguramente, podría salvar la situación con algún recurso milagroso de su fantasía, pero no hará nada en favor de esa gente orgullosa y miserable.
Lauretta interviene y le ruega que al menos lo haga por su felicidad, súplica que logra convencerlo. Schicchi pide entonces el testamento y al estudiarlo declara la imposibilidad de remediar el daño hecho, opinión que desconsuela nuevamente a la inescrupulosa familia de Buoso.
Al fin, una idea luminosa surge de su imaginación. Luego de alejar prudentemente a su hija, Schicchi dice que si nadie sabe aún la muerte de Donati, es preciso ocultarla sigilosamente. El mismo sustituirá a Buoso y dictará en su nombre otro testamento. Pero también recuerda la pena a que se exponen él y sus cómplices si fuera descubierto el delito: pérdida de la mano derecha y destierro.
Todos están de acuerdo con la propuesta de Schicchi, pero llega el Doctor Spinelloccio, amenazando malograr el ingenioso plan. Schicchi se oculta rápidamente entre las cortinas del lecho mortuorio, y mientras los parientes dicen al doctor que el enfermo ha mejorado, el impostor, simulando la voz de Buoso, le ruega que no se acerque y le permita descansar. El médico se retira complacido de su éxito profesional, y los presentes ocultan el cadáver, disfrazándose Gianni Schicchi con el aspecto de Donati. El doblar de una campana siembra nueva alarma, y cuando se averigua que ello no es motivado por el fallecimiento de Buoso, Schicchi ordena que se vaya en busca del notario para dictar el nuevo testamento.
Ha prometido a todos y a cada uno de los avarientos parientes (que a cambio del legado le ofrecen regalos valiosísimos) satisfacer sus aspiraciones respecto a los bienes más preciosos y codiciados: la mula, la casa de Florencia y el molino de Signa. Llega el notario Ser Amantio de Nicolao acompañado por los testigos, Pinellino y Guccio, dos artesanos amigos de Donati. Imitando la voz del difunto, Schicchi, desde el lecho, dicta sus voluntades. Lega cinco liras a la Iglesia, discreción muy elogiada por los parientes, y enseguida va dictando la herencia que debe corresponder a cada uno. Pero cuando todos esperan los legados más importantes, su indignación y sorpresa son enormes al saber que ellos serán para el buen amigo Gianni Schicchi. El pícaro simulador responde a las protestas generales, recordando en voz baja, como un estribillo, el adiós a Florencia, que deberán dar los mutilados delincuentes si fuesen descubiertos.
Cuando concluye la farsa, los parientes se abalanzan sobre Schicchi, llamándole ladrón, pero éste, que ya se halla en casa propia, los expulsa, mientras ellos procuran saquear la mansión de su defraudador.
Rinuccio es el único pariente de Buoso que se encuentra satisfecho: su boda con Lauretta es ahora segura. Finalmente Schicchi se dirige al público, declarando "que si el padre Dante lo condenó al infierno por falsario, el divertido público puede, al menos, concederle el atenuante de su aplauso".

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