Argumentos
El oro del Rin
Das Rheingold

Escena Primera. En el fondo del Rin
Las ondinas Woglinde, Ellgunde y Flosshilde, nadan y juegan alegremente en las aguas del río. Un pérfido gnomo, ser fantástico y monstruoso, el nibelungo Alberico, surge de un abismo y contempla a las ninfas. Con voluptuoso deseo intenta seducirlas; pero sucesivamente, cada una de las hijas del Rin se burla del horrible enano, lo que exaspera al nibelungo. Furiosamente las persigue, trepando por las rocas, hasta que fatigado por sus vanos esfuerzos se detiene, amenazándolas con rabia salvaje.
Entre tanto amanece y un rayo de sol ilumina una alta roca. Mágico fulgor de oro brilla al instante, extendiéndose a través de las ondas. Las ninfas ensalzan con alegría el esplendoroso encanto del oro, profunda estrella de las aguas. Admirado, Alberico pregunta qué es lo que tanto brilla. ". Es el oro del Rin -contestan las ninfas encargadas de su custodia- y un anillo forjado de aquel metal daría a su poseedor el dominio del mundo". La revelación es peligrosa; pero como advierte Woglinde, sólo quien reniegue del amor podrá conquistar el encanto para forjarlo. El enamorado Alberique no es temible, por tanto, y las ninfas continuan sus juegos y burlas. Mas el feroz y codicioso nibelungo exclama: Maldigo el amor!". Inmediatamente se apodera del oro, sumiendo las aguas en tienieblas, y ser rie de modo siniestro, perseguido por las desoladas hijas del Rin.


Escena segunda. En las alturas, sobre la tierra
En el fondo se divisa un castillo iluminado por el sol naciente. En primer término, se encuentran dormidos Wotan, rey de los dioses, y Fricka. La diosa despierta, observa el castillo y angustiada llama a su esposo. Wotan despierta a su vez y saluda con orgullo y júbilo al resplandeciente castillo. Pero Fricka le recuerda que el palacio fue construido para los dioses por los gigantes Fasolt y Fafner, a quienes Wotan ofreció entregar como recompensa a Freia, la bella diosa del amor y la juventud. Y en efecto, Freia, que es hermana de Fricka, no tarda en llegar aterrada, pidiendo socorro, porque en su busca se aproximan los gigantes.
Pronto se presentan los hermanos Fassolt y Fafner, empuñando enormes mazas. Vienen a exigir el pago de su obra. Wotan rehúsa cumplir con el pacto conmovido y no quiere entregar a Freia, porque Loge el dios sutil del fuego y de la astucia, le había prometido sustituirla por otra recompensa. Los gigantes se indignan y Fafner dice a Fasolt que es muy conveniente arrebatar a Freia a los dioses, porque ella cuida en su jardín las manzanas del oro, que procuran a la raza divina de eterna juventud. A los gritos de la diosa acuden sus hermanos, Froh, dios de la alegría, y Donner, dios del trueno, los cuales desafían a los gigantes; pero Wotan, que espera impaciente la llegada de Loge, impone la paz con su lanza, garantía del pacto.
Al fin aparece Loge. Wotan le exige que solucione el conflicto, al cual contribuyó con su promesa astuta. Pero Loge ha fracasado en su tarea. Buscó en el universo entero algo con qué sustituir a Freia en el pago a los gigantes pero no lo halló, porque nada iguala al encanto femenino. Sólo un ser perverso, el nibelungo Alberico, fue capaz de renegar del amor para conquistar el oro del Rin y forjar con él un anillo omnipotente. Las ondinas desean que el rey de los dioses repare ese mal y castigue tal audacia. Pero Wotan se encuentra ahora en grave apuro para cuidarse de ajenas desdichas, y además ambiciona para sí ese oro que concede supremo poderío.
Todos se han quedado fascinados ante la revelación de Loge, y Fafner convence as su hermano que el oro es preferible a Freia. Entonces los gigantes proponen a Wotan que les entregue el oro del nibelungo. El dios se encoleriza. ¿Cómo puede darles lo que no posee?. Pero los gigantes le dicen que será fácil para él apoderarse del tesoro. Se llevarán a Freia en prenda y si a su regreso no les entrega el rescate, se quedarán para siempre con la diosa.
Fasolt y Fafner se llevan a Freia, que lanza gritos de terror. Los dioses permanecen atónitos, consternados y empiezan a envejecer de repente. Loge les explica que la guardiana de su alimento de la juventud divina está como rehén y que las manzanas cuelgan marchitas en el jardín. Si Freia no regresa, los dioses, caducos perecerán. En tal extremo, Wotan decide descender da la oscura región de los nibelungos para conquistar el tesoro de Alberico y rescatar a la bella diosa. Loge lo acompañará.


Escena tercera. En las profundidades de la tierra
Se escucha el rumor de yunques en el sombrío Nibelheim, morada de los nibelungos, donde reina Alberico. Este ha encargado a su hermano Mime que le forje el yelmo mágico. Mime desea guardarse su obra, pero Alberico se la arrebata y, poniéndose el yelmo, se hace invisible, propinando feroces latigazos al otro gnomo. Su voz se aleja, lanzando imprecaciones, mientras Mime gime de dolor.
Descienden Wotan y Loge e interrogan al gemebundo enano, quien les refiere que Alberico, con su anillo ha esclavizado a los nibelungos, obligándolos a trabajar incesantemente para forjar tesoros. Alberico no tarda en reaparecer, conduciendo a latigazos una multitud de aterrados nibelungos cargados de objetos de oro, que depositan en el suelo. En seguida les muestra el anillo, símbolo de dominación, y los esclavos corren despavoridos. Luego Alberico increpa a Wotan y a Loge. Los dioses le dicen que vienen a admirar sus fabulosas riquezas, pero él sabe bien que son huéspedes envidiosos. Muy seguro de su poder, desafía a los dioses, su tesoro, es aún poca cosa, pero crecerá fabulosamente, dándole dominio sobre el mundo entero. Wotan indigndo, le amenaza pero Loge se interpone y pregunta al gnomo de qué medio se vale para que nadie pueda robarle el anillo, en el cual reside su fuerza.
Ante las adulaciones irónicas de Loge, Alberico dice que posee un yelmo mágico, pudiendo hacerse invisible o transformarse a su voluntad. El astuto dios finge no creerle. Es necesario que el enano demuestre tal maravilla. Entonces Alberico se transforma en dragón, para reaparecen inmediatamente en su figura natural. El prodigio es asombroso. ¿Pero podría convertirse en algo muy pequeño, para poder ocultarse en el escondrijo de un sapo?. Eso sí que es imposible, agrega Loge, Alberico para demostrar nuevamente su poder portentoso, se transforma en sapo. Entonces Wotan le pone el pie encima, mientras recobra su aspecto, y Loge lo ata fuertemente. Los dioses arrastran a su prisionero hacia la superficie terrestre.


Escena cuarta. En las alturas, sobre la tierra.
Wotan y Loge llegan conduciendo al gnomo, del cual se burlan ahora. Para recuperar su libertad le exigen que entregue su tesoro, Alberico accede y pide que le desaten una mano. Se coloca la sortija en los labios, murmurando palabras cabalísticas, y a su conjuro surgen los nibelungos del seno de la tierra, cargados con los tesoros, que depositan en el suelo, desapareciendo enseguida. Pero antes de soltar al enano Loge lo despoja de su yelmo. Entonces Wotan exige también el anillo, y a pesar de las protestas de Alberico, se lo arrebata violentamente.
Luego Loge desata al gnomo, el cual, con terrible desesperación, maldice al anillo. Al nibelungo le procuró riquezas, pero quien lo posea después será víctima de la angustia y morirá bajo el peso de la maldición. Preso de furor salvaje, Alberico huye hacia las profundidiades de Nibelheim.
Wotan, desdeñando las maldiciones del nibelungo, contempla con éxtasis el anillo. Entonces vuelven Fricka, Froh y Donner, regocijándose del triunfo de Wotan y poco después llegan también los gigantes que traen a Freia, para llevarse el tesoro. Al acercarse la diosa, las otras divinidades se sienten rejuvenecer nuevamente Fasolt y Fafner reclaman el rescate, deseando tanto el oro como sea necesario para ocultar a Freia. Tómase la medida con las mazas y se amontona el tesoro. Agotado éste se ve todavía al trvés la cabellera de la diosa, por lo que es preciso entregar el yelmo mágico. Ya se ha colmado la medida pero Fasolt descubre todavía un hueco por el que ve brillar los ojos de Freia. Mientras los contemple no se resignará a renunciar para siempre a la diosa. Ya no queda más que el anillo reluciente de el dedo de Wotan.
Los gigantes lo reclaman. El dios se enfurece y se niega a entregarlo. Fasolt y Fafner se llevarán definitivamente a Freia, pese a las imploraciones de la afligida Fricka a su esposo. En ese instante, de las profundidad de una caverna, envuelta en azulado resplandor, surge una divinidad majestuosa: es Erda el alma de la tierra. Aconseja a Wotan que se desprenda del anillo maldito. Ella eterna vidente, sabe que aún los mismos dioses perecerán. Ya prevé su ocaso, Wotan angustiado, quiere saber más, pero la profetisa desaparece, augusta y misteriosa.
El dios soberano cae en profunda meditación, y al fin se decide a entregar el anillo a los gigantes. Freia queda libre. Enseguida Fasolt y Fafner disputarán por el reparto del tesoro. El anillo lo quiere Fasolt en recuerdo de la mirada de Freia. Se lo arrebata a su hermano, pero Fafner cae sobre él, dándole muerte violentamente. La maldición del nibelungo comienza su obra, que los dioses, contemplan horrorizados. El cielo se ensombrece con siniestros nubarrones.
Donner, dios de la tempestad, hace brotar el rayo y el trueno. El cielo se despeja y brilla un arco iris, que forma luminoso puente hasta el castillo de la cumbre. Wotan invita a su esposa y a los demás a entrar en la mansión divina que será el Walhalla, morada de los los héroes elegidos. El maligno Loge mira con desprecio a los dioses; quizá le sería grato consumir con su fuego devorador a los que se creen eternos.
El radiante cortejo es interrumpido por melancólicos lamentos. Son las hijas del Rin, que desde el valle profundo lloran su oro perdido. Los dioses, con cruel ironía, burlándose de las ondinas prosiguen majestuosamente su camino hacia la Walhalla.

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