Argumentos
Sor Angélica
Suor Angelica

En el patio solitario de un monasterio, terminadas las Vísperas, hermanas y novicias se reúnen a pasar el recreo cotidiano. Hablan de pequeñeces que las preocupan: de las penitencias para las hermanas que han llegado tarde al coro, de la fuente que parece de oro porque la iluminan los rayos del sol, de Suor Dolcina, que es muy golosa y de Bianca Rosa, cuyo recuerdo evocan con ternura y melancolía. Suor Genoveva, que en el mundo fue pastora, expresa candorosamente el deseo de ver un corderito, de sentirlo balar y poder acariciarlo. Suor Angelica, por su parte, confiesa no tener ningún deseo. En ese momento aparecen las hermanas mendicantes, trayendo provisiones para la comunidad. Una de las hermanas anuncia una visita en el locutorio y dice que ha visto cerca de la puerta una elegante carroza.

Suor Angelica deja el cuidado de las flores y se acerca apresuradamente. ¿Cómo es el carruaje? ¿Lujoso? ¿Tiene un blasón? La campanilla del locutorio suena. La Abadesa llama a Suor Angelica. Su corazón siente ahora la esperanza que nunca osó albergar.

Luego de siete largos años, ha venido a verla su anciana tía, austera y rígida. Trae un pergamino que Suor Angelica debe firmar. La anciana princesa tiene para la sobrina, a quien ella misma ha enclaustrado para castigarla por un amor desgraciado, palabras sin misericordia. Pero Suor Angelica todo lo soporta, porque sólo desea saber una cosa, dónde está su hijo, el hijo que vio una sola vez y que le fue arrancado de los brazos. La anciana se niega a decirlo, pero la madre, fuerte en su derecho, la obliga. Al fin sabe la verdad terrible: el niño ha muerto hace dos años. La religiosa cae al suelo sollozando. Luego firma el pergamino sin leerlo, y permanece sola en las sombras del atardecer, evocando tiernamente a su hijito en una desolada plegaria. El drama humano ha terminado; pero a este drama intenso e irreparable se agrega ahora un último episodio: el milagro. En un momento de exaltación, Suor Angelica bebe el jugo de una planta venenosa; pero, presa de arrepentimiento, pide clemencia a la Virgen. Todo cuanto rodea a la moribunda se transforma, ahora, en una visión mística y reconfortante.

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